Autodiagnóstico en redes sociales: cuando un vídeo de TikTok parece explicar lo que te ocurre
Autodiagnóstico en redes sociales: cuando un vídeo de TikTok parece explicar lo que te ocurre
Tiempo de lectura: 6 minutos
Un vídeo enumera cinco señales de TDAH. Otro asegura que determinados comportamientos son propios de una persona con ansiedad. Después aparece un test para descubrir, en menos de un minuto, si tienes un trauma o un trastorno de personalidad. Entre un contenido y el siguiente, es fácil empezar a pensar: «Todo esto me pasa a mí».
TikTok, Instagram y otras redes sociales han contribuido a que se hable con mayor naturalidad de salud mental. Muchas personas han encontrado en ellas información, experiencias similares a las propias y el impulso necesario para pedir ayuda. El problema surge cuando esos contenidos se utilizan para llegar a un diagnóstico sin una evaluación profesional.
¿Por qué nos identificamos tanto con estos vídeos?
Los contenidos breves suelen presentar los trastornos psicológicos mediante listas de señales fáciles de reconocer: distraerse, aplazar tareas, sentirse cansado, tener cambios de humor, necesitar tiempo a solas o experimentar inseguridad en las relaciones.
Estas situaciones forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas. También pueden aparecer asociadas a problemas psicológicos, pero su presencia aislada no permite confirmar un diagnóstico.
Por ejemplo, tener dificultades para concentrarse puede relacionarse con el cansancio, la falta de sueño, una etapa de estrés, el consumo de determinadas sustancias, la ansiedad o numerosos factores personales y ambientales. Para determinar si existe un trastorno por déficit de atención e hiperactividad, un profesional necesita conocer desde cuándo aparecen esas dificultades, con qué frecuencia, en qué contextos y hasta qué punto afectan a la vida de la persona.
El formato de las redes sociales rara vez permite incluir todos estos matices. Un vídeo puede describir un síntoma, pero no analizar la historia personal, el entorno familiar, la salud física ni otras posibles explicaciones.
La psicología detrás del «esto me pasa a mí»
El autodiagnóstico en redes sociales resulta atractivo porque puede ofrecer una respuesta rápida ante un malestar difícil de comprender. Encontrar una palabra para explicar lo que sentimos produce, en ocasiones, alivio y sensación de control.
También intervienen algunos procesos psicológicos habituales. Uno de ellos es el sesgo de confirmación, nuestra tendencia a prestar más atención a la información que coincide con una idea previa. Si una persona comienza a sospechar que tiene TDAH, por ejemplo, puede fijarse especialmente en los vídeos que refuerzan esa posibilidad y pasar por alto otras explicaciones.
A esto se suma el funcionamiento de los algoritmos. Cuando alguien ve, guarda o comenta contenidos sobre un determinado trastorno, la plataforma aprende que ese tema despierta su interés y empieza a mostrarle publicaciones similares. La repetición puede generar la impresión de que existe una gran cantidad de pruebas que respaldan el supuesto diagnóstico, aunque muchos vídeos repitan las mismas afirmaciones sin aportar fuentes fiables.
Las descripciones generales también favorecen la identificación. Frases como «te cuesta terminar lo que empiezas» o «a veces sientes que nadie te comprende» pueden resultar familiares para muchas personas. Reconocerse en ellas no demuestra la existencia de un problema clínico.
Los riesgos de convertir una sospecha en una etiqueta
Observar ciertos síntomas y preguntarse por su origen puede ser el comienzo de una búsqueda de ayuda. La dificultad aparece cuando la hipótesis se transforma en una certeza basada únicamente en contenido digital.
Un autodiagnóstico equivocado puede hacer que la persona interprete todas sus emociones y comportamientos a través de una etiqueta. También puede aumentar la preocupación, fomentar una vigilancia constante de los propios síntomas o llevarla a ignorar otros factores relevantes.
Además, síntomas parecidos pueden aparecer en problemas diferentes. Las dificultades de concentración, por ejemplo, no significan automáticamente TDAH; la tristeza no equivale siempre a depresión, y sentirse incómodo en algunas situaciones sociales no confirma un trastorno de ansiedad social.
Una interpretación incorrecta también puede retrasar la consulta con un profesional. La persona puede buscar soluciones pensadas para un problema que quizá no tiene, normalizar manifestaciones que requieren atención o descartar alternativas que expliquen mejor lo que está viviendo.
En adolescentes, las etiquetas pueden adquirir un peso especial. Durante esta etapa se construyen la identidad y el sentimiento de pertenencia, por lo que encontrar una comunidad que comparte determinadas experiencias puede resultar reconfortante. Por ese motivo, conviene abordar el autodiagnóstico sin burlas ni descalificaciones. Detrás de esa búsqueda puede haber malestar, necesidad de comprensión o dificultades para acceder a ayuda.
Informarse no equivale a diagnosticarse
Un diagnóstico psicológico requiere mucho más que reconocer una lista de síntomas. El profesional estudia su duración, frecuencia e intensidad, las situaciones en las que aparecen y el grado en que afectan al bienestar, las relaciones, los estudios o el trabajo.
También tiene en cuenta la historia personal y familiar, los acontecimientos recientes, los hábitos de sueño, posibles problemas médicos y otras condiciones que podrían ofrecer una explicación diferente. En algunos casos, la evaluación puede incluir entrevistas, cuestionarios validados y la consulta de información aportada por familiares u otros profesionales.
Esto no significa que debamos desconfiar de cualquier publicación sobre psicología. Las redes pueden acercar conocimientos útiles, reducir prejuicios y ayudar a reconocer que algo merece atención. La experiencia de otra persona puede acompañarnos y hacernos sentir menos solos, pero no permite saber si compartimos el mismo diagnóstico.
Cómo reconocer contenido responsable sobre salud mental
Antes de dar credibilidad a una publicación, conviene comprobar quién la ha creado y qué formación posee. Palabras como coach, experto o terapeuta no indican necesariamente que la persona tenga una titulación sanitaria.
El contenido riguroso suele explicar que un síntoma puede tener distintas causas, evita afirmaciones como «si haces esto, tienes…» y diferencia una experiencia frecuente de un trastorno psicológico. También reconoce los límites del formato, menciona fuentes contrastables y anima a consultar con profesionales cuando existe malestar persistente.
Hay que desconfiar de los test rápidos que prometen diagnósticos definitivos, de las publicaciones que convierten comportamientos cotidianos en señales inequívocas de un trastorno y de quienes recomiendan tratamientos sin conocer el caso. Los cuestionarios disponibles en internet pueden servir, como máximo, para detectar indicios que convendría explorar. Sus resultados no sustituyen una evaluación clínica.
Si el algoritmo empieza a mostrar contenido repetitivo o alarmista, también es posible dejar de interactuar con esas publicaciones, silenciar determinadas cuentas y buscar información en organismos sanitarios, asociaciones profesionales o perfiles de psicólogos y psiquiatras debidamente acreditados.
¿Qué hacer si te reconoces en lo que ves?
Sentirse identificado con un vídeo no implica que el malestar sea imaginario. La experiencia puede ser real aunque la explicación propuesta por la publicación sea incorrecta o incompleta.
Puede resultar útil anotar qué dificultades observas, desde cuándo aparecen, en qué situaciones se intensifican y cómo afectan a tu vida diaria. Esa información permite trasladar la preocupación a una consulta sin necesidad de acudir con un diagnóstico cerrado.
Si los síntomas persisten, generan sufrimiento o interfieren en los estudios, el trabajo, las relaciones o el cuidado personal, es recomendable solicitar una valoración psicológica o médica. El objetivo de la evaluación consiste en comprender qué está ocurriendo y decidir qué apoyo puede resultar adecuado para ese caso concreto.
Las redes sociales pueden despertar preguntas valiosas sobre nuestra salud mental. Las respuestas fiables necesitan contexto, tiempo y una mirada profesional. Desde AEPSIS promovemos una divulgación psicológica responsable que ayude a comprender el malestar sin reducir a las personas a etiquetas obtenidas mediante un vídeo.

