Cuando la muerte se convierte en tabú, el duelo se vuelve más difícil
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Durante mucho tiempo, la muerte formó parte de la vida cotidiana. Se moría en casa, los vecinos acompañaban, las familias velaban, los rituales marcaban los tiempos y la comunidad sabía, de alguna manera, qué hacer. Había dolor, por supuesto. Pero también había palabras, gestos, símbolos y presencia.
Hoy, en cambio, muchas veces la muerte ocurre lejos, en espacios medicalizados, rodeada de términos técnicos, silencios incómodos y conversaciones que se aplazan hasta que ya no queda tiempo. Y cuando llega el duelo, muchas personas descubren algo profundamente doloroso: no solo han perdido a alguien, sino que además no saben cómo nombrar lo que les pasa.
En el Congreso Internacional de Duelo organizado por AEPSIS, Montse Esquerda ofreció una ponencia tan lúcida como necesaria: “Hablar de la muerte para vivir, morir y acompañar mejor”. Su intervención fue una invitación a mirar de frente una realidad que nuestra sociedad ha ido apartando: la muerte no es solo un hecho individual, también es una experiencia social. Y cuando una sociedad deja de hablar de la muerte, quienes mueren y quienes duelan suelen quedarse más solos.
La muerte no es solo un asunto privado
Una de las primeras ideas que planteó Montse Esquerda fue que la muerte y el duelo no son únicamente experiencias individuales. Cada persona muere de forma única, y cada duelo se vive desde una historia particular, pero tanto el morir como el duelar ocurren dentro de un contexto.
Ese contexto puede acompañar o puede dificultar. Puede ofrecer palabras, rituales, comunidad y presencia. O puede responder con silencio, incomodidad, frases hechas y retirada.
Montse lo expresó con una imagen muy potente: antes, en muchos pueblos, cuando alguien moría sonaban las campanas. Ese sonido recordaba a toda la comunidad que la muerte formaba parte de la vida. Hoy, esas campanas han dejado de sonar. No solo en sentido literal, sino también simbólico.
La muerte sigue ocurriendo, pero muchas veces ya no tiene espacio en la conversación pública. Se vive en privado, casi con extrañeza, como si fuera algo que no debería pasar. Y esa pérdida de cultura compartida tiene consecuencias.
Tema principal de la ponencia
La ponencia de Montse Esquerda gira en torno a una idea fundamental: necesitamos volver a hablar de la muerte y del duelo para poder vivir, morir y acompañar mejor. Su intervención plantea que la muerte ha dejado de formar parte de las conversaciones cotidianas y que esa “desculturización” aumenta el sufrimiento, la soledad y la sensación de extrañeza en quienes atraviesan el final de vida o un proceso de duelo.
¿Quién es Montse Esquerda?
Montse Esquerda es médica pediatra, psicóloga y doctora en Medicina, especializada en bioética, duelo y acompañamiento en final de vida. Actualmente es decana de la Facultad de Ciencias de la Salud de Blanquerna, de la Universidad Ramon Llull, y ha dirigido el Instituto Borja de Bioética.
Además, compagina su actividad académica con la atención clínica en salud mental infantojuvenil y la reflexión ética sobre el cuidado, la vulnerabilidad y la humanización de la medicina. En la ponencia también explicó que trabaja en una unidad de duelo complejo con niños y adolescentes en Lleida, acompañando a menores y familias que han perdido a un ser querido.
Una sociedad que ha olvidado que somos mortales
La tesis central de la ponencia fue clara: que la muerte sea un tabú no es solo un fenómeno filosófico, social o cultural. Tiene impacto directo en la vida de las personas.
Cuando no hablamos de la muerte, aumenta la soledad. Cuando no hablamos del duelo, aumenta la sensación de estar haciéndolo mal. Cuando no sabemos acompañar, nos apartamos. Y cuando nos apartamos, la persona que sufre queda aún más aislada.
Montse compartió una escena especialmente significativa de su trabajo con adolescentes en duelo. Explicaba que, en ocasiones, una intervención aparentemente sencilla consiste en decirle a un joven: “Esto que te está pasando es normal”. Y esa frase puede aliviar muchísimo, porque muchas personas piensan que, además de haber perdido a alguien, se están “volviendo locas” por todo lo que sienten.
Ahí aparece una idea clave: necesitamos alfabetización en duelo. Necesitamos entender que el duelo puede traer tristeza, rabia, culpa, cansancio, palpitaciones, dolor físico, confusión, necesidad de aislamiento o dificultad para funcionar como antes. No todo eso significa patología. Muchas veces significa que el cuerpo, la mente y la vida entera están intentando adaptarse a una pérdida.
Morir y duelar no son solo procesos médicos
Otro de los puntos más importantes de la ponencia fue la crítica a la excesiva medicalización de la muerte y del duelo. Montse recordó que vivimos en sociedades muy tecnificadas, donde la muerte se ha convertido muchas veces en un problema médico, algo que parece que siempre debería poder evitarse, retrasarse o controlarse.
El avance científico ha sido enorme y ha permitido aliviar mucho sufrimiento. Pero también ha generado una ilusión peligrosa: la idea de que la muerte es casi siempre un fallo, una derrota o una serie de enfermedades que deberían haberse podido prevenir.
Esto puede aumentar la culpa en las familias y en los profesionales: “¿Podríamos haber hecho más?”, “¿nos equivocamos?”, “¿se tomó la decisión correcta?”. Y también puede dificultar que se hable del final de la vida con honestidad, calma y humanidad.
La ponente insistió en que morir y hacer duelo son procesos profundamente relacionales y espirituales, no solo biológicos. Claro que la atención sanitaria importa, pero no basta. También hacen falta vínculos, comunidad, escucha, relatos, presencia y rituales.
El duelo sin rituales se vuelve menos habitable
Montse habló también de la pérdida de rituales. Los rituales no eliminan el dolor, pero ayudan a ordenarlo. Dan forma al tiempo, permiten expresar públicamente una pérdida y ayudan a que la comunidad sepa cómo acompañar.
Cuando una sociedad pierde sus rituales, el duelo puede volverse más solitario, más confuso y más difícil de habitar. Ya no sabemos cuándo acercarnos, qué decir, cómo estar, cuándo nombrar a la persona fallecida o cómo sostener a quien se queda.
La ponente usó una imagen muy hermosa: en algunos pueblos, cuando alguien fallecía, la comunidad “apuntalaba” la casa para que pudiera sostener el peso del velatorio y de las visitas. Esa imagen sirve también para hablar del duelo. Una familia en duelo necesita ser apuntalada. Una madre que acaba de perder a su pareja y debe hacerse cargo de sus hijos necesita apoyo concreto, no solo frases de ánimo.
Acompañar puede ser llevar a los niños al colegio, hacer la compra, preparar comida, ayudar con trámites, escuchar sin prisa o seguir llamando después de los primeros días. No se trata de tener la frase perfecta. Se trata de sostener.
El duelo no funciona por fases
Uno de los momentos más claros de la ponencia fue cuando Montse cuestionó el uso rígido de las llamadas “fases del duelo”. Explicó que hablar del duelo como si todas las personas tuvieran que pasar por etapas ordenadas puede generar daño añadido.
Muchas personas llegan a consulta preocupadas porque no saben “en qué fase están” o porque sienten que no están siguiendo el camino esperado. Pero el duelo no funciona como un manual cerrado.
Montse propuso una imagen mucho más flexible: el duelo como un camaleón. Cambia, se expresa de formas diferentes, afecta al cuerpo, a la mente, a la identidad, a los vínculos y a la vida cotidiana. Hay duelos con mucho llanto y otros con silencio. Hay personas que necesitan hablar y otras que necesitan tiempo. Hay manifestaciones físicas, emocionales, sociales y espirituales.
Intentar encajar la experiencia humana en un único guion puede añadir sufrimiento. En cambio, comprender la diversidad del duelo puede ayudar a que las personas se sientan menos juzgadas y más acompañadas.
Recuperar las palabras para hacer el dolor más habitable
La ponencia cerró con una invitación profunda: recuperar las palabras. Hablar de la muerte no la resuelve, pero puede abrir habitaciones que hoy permanecen cerradas. Hablar del duelo no elimina el dolor, pero puede hacerlo menos extraño, menos solitario y menos culpabilizante.
Montse distinguió entre el “lenguaje de día” y el “lenguaje de noche”. El primero sirve para organizar, decidir, planificar. Es el lenguaje de los datos y de las tareas. El segundo es el lenguaje de las historias, los símbolos, los recuerdos, los rituales y el sentido.
Para acompañar la muerte y el duelo necesitamos ambos. Necesitamos saber qué hacer, sí. Pero también necesitamos contar historias, recordar, nombrar, preguntar, escuchar y dejar espacio para lo que no tiene una respuesta rápida.
Porque no todo se puede resolver. Algunas preguntas solo pueden vivirse. Pero si recuperamos la palabra, quizá podamos transformar la muerte y el duelo en experiencias menos inhabitables.
Conclusión: volver a hablar para acompañar mejor
La ponencia de Montse nos recuerda que una sociedad que no habla de la muerte deja más solas a las personas que mueren y a quienes atraviesan un duelo. Recuperar estas conversaciones no significa vivir obsesionados con la muerte, sino aceptar que forma parte de la vida y que necesitamos más recursos humanos, sociales y comunitarios para acompañarla.
Hablar de la muerte con niños, con adolescentes, con familias, con profesionales y con la sociedad no quita el dolor. Pero puede quitar miedo, soledad y confusión.
Desde AEPSIS, espacios como el Congreso Internacional de Duelo permiten precisamente esto: abrir conversaciones necesarias, formar una mirada más humana y recordar que acompañar no es tener todas las respuestas, sino saber estar, escuchar, sostener y no abandonar.
Si una persona está atravesando un duelo especialmente doloroso, confuso o solitario, puede ser útil buscar apoyo profesional especializado. Pedir ayuda no significa que el duelo esté mal; significa que nadie debería tener que habitar el dolor sin compañía.

