No dejar solo a quien se va: lo que más necesita una persona al final de la vida
No dejar solo a quien se va: lo que más necesita una persona al final de la vida
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Hablar del final de la vida incomoda. Nos enfrenta a una de las realidades más difíciles de aceptar: que alguien a quien queremos puede estar llegando al cierre de su historia. Y, sin embargo, cuando una enfermedad avanza y la muerte empieza a aparecer como una posibilidad cercana, evitar el tema no siempre protege. A veces deja sola a la persona que más necesita ser escuchada.
En el Congreso Internacional de Duelo organizado por AEPSIS, la Dra. Laura Mares ofreció una ponencia profundamente humana sobre cómo acompañar a una persona al final de la vida. Su intervención no se centró únicamente en la enfermedad, sino en algo mucho más amplio: cómo mirar a la persona completa, con su cuerpo, sus emociones, sus vínculos, sus miedos, su historia y su necesidad de dignidad.
La pregunta que atravesó toda la ponencia fue tan sencilla como importante: si a una persona le quedaran pocos días de vida, ¿qué sería realmente importante para ella?
No somos solo un diagnóstico
Uno de los primeros mensajes de Laura fue la importancia de no reducir a la persona a su enfermedad. Al final de la vida, alguien puede tener cáncer, Alzheimer, una enfermedad cardíaca o una enfermedad avanzada, pero no es “el cáncer”, “la cardiopatía” o “la hepatopatía”. Sigue siendo una madre, un padre, una pareja, un hijo, una amiga, una persona con historia.
Este enfoque biopsicosocial y espiritual permite mirar más allá del síntoma. Claro que el cuerpo importa. El dolor, la falta de aire, la agitación, el cansancio o la pérdida de funcionalidad necesitan atención profesional. Pero también importan las preguntas que la persona no siempre se atreve a hacer, los miedos que calla para no preocupar a su familia y los deseos pequeños que todavía pueden darle sensación de vida.
Acompañar al final de la vida no significa tener todas las respuestas. Significa estar disponibles para mirar a la persona en toda su dimensión.
Cuidar el cuerpo también es cuidar la dignidad
Laura dedicó una parte importante de su ponencia a los cuidados físicos. Habló del dolor, de la falta de aire, del delirium, de la agitación, de los cambios en la alimentación, del sueño, de la piel y de los signos que pueden aparecer cuando el cuerpo empieza a apagarse.
Su mensaje fue claro: el sufrimiento físico debe ser atendido. Para ello, es fundamental contar con el acompañamiento del equipo médico, del médico tratante, de especialistas en cuidados paliativos o de profesionales capacitados en control de síntomas.
Pero cuidar el cuerpo no es solo administrar medicación o vigilar síntomas. También es tapar a una persona para que no quede expuesta, pedir permiso antes de moverla, explicarle lo que se le va a hacer, procurar que esté limpia, cómoda, hidratada en la medida posible y en un ambiente tranquilo.
A veces, un gesto pequeño puede tener un significado enorme. Poner crema en las manos, acomodar una almohada, cambiar suavemente de posición, humectar la boca o cuidar la temperatura de la habitación pueden transmitir algo muy profundo: “te veo, te cuido, sigues importando”.
La dignidad al final de la vida también se sostiene en esos detalles.
Hablar de la muerte sin quitar esperanza
Uno de los grandes bloqueos familiares aparece cuando la persona enferma quiere hablar de su muerte. Muchas veces, por amor o por miedo, la familia responde con frases como “no digas eso”, “tú no te vas a morir”, “hay que echarle ganas” o “no pienses en esas cosas”.
Aunque suelen decirse con buena intención, estas respuestas pueden cerrar una puerta importante. La persona quizá no está queriendo rendirse, sino expresar un miedo, ordenar asuntos pendientes, despedirse simbólicamente o sentirse acompañada en una realidad que ya percibe en su propio cuerpo.
Laura lo expresó de forma muy clara: no hay que esperar al último momento para hablar de lo importante. Si la persona abre la conversación, podemos responder con preguntas sencillas y amorosas: “¿Qué necesitas?”, “¿qué te preocupa?”, “¿cómo puedo ayudarte para que esto sea un poco más ligero?”.
No se trata de forzar conversaciones ni de imponer despedidas. Se trata de no interrumpirlas cuando aparecen.
Las necesidades del corazón
Cuando una persona sabe que se acerca el final, puede necesitar muchas cosas que no siempre se ven desde fuera: sentirse escuchada, sentirse segura, hablar de sus miedos, sentirse amada, despedirse, perdonar, sentirse perdonada y repasar su vida con sentido.
La Dra. Mares invitó a ayudar a la persona a recordar su historia. Sacar fotos, hablar de momentos compartidos, agradecer lo recibido, reconocer lo que hizo por la familia o decirle con palabras claras lo importante que ha sido.
A veces, decir “te amo”, “gracias”, “perdóname” o “no nos debemos nada” puede convertirse en una forma de cierre profundamente significativa. No elimina el dolor, pero puede aliviar la soledad, la culpa o los asuntos pendientes.
Una de las ideas más potentes de la ponencia fue esta: “No siempre podemos aliviar la muerte, pero sí podemos aliviar la soledad con la que se enfrenta”.
Preservar la autonomía hasta donde sea posible
Al final de la vida, muchas personas van perdiendo capacidad para hacer cosas por sí mismas. Sin embargo, eso no significa que deban perder toda posibilidad de decidir.
Ella insistió en la importancia de permitir que la persona siga participando en pequeñas decisiones: qué ropa quiere ponerse, si desea recibir visitas, cuándo necesita descansar, qué música quiere escuchar, qué comida le apetece si puede tomar algo, o si quiere que estén cerca determinados familiares, niños o incluso mascotas.
Estas decisiones pueden parecer pequeñas, pero sostienen algo fundamental: la sensación de seguir siendo persona, no solo paciente.
También es importante respetar el cansancio. Las visitas pueden ser valiosas, pero deben adaptarse a la energía de quien está enfermo. A veces una visita breve, tranquila y respetuosa acompaña mucho más que una presencia larga e invasiva.
Cuando ya no puede hablar: seguir comunicando amor
Una de las preguntas que apareció durante la ponencia fue qué hacer cuando la persona ya no puede expresarse o no se le entiende. Recordó la importancia de seguir hablándole, tocarla con cuidado, leerle, ponerle música, mostrarle fotografías o contarle historias significativas.
Cuando una persona no puede responder, la familia puede sentirse impotente. Pero aún pueden existir otras formas de comunicación: una mirada, una presión de la mano, un gesto, un tablero con letras, dibujos, imágenes o simplemente la presencia amorosa.
No siempre hace falta una gran conversación. A veces basta con decir: “Estamos aquí”, “te amamos”, “gracias por todo lo que nos diste”.
Cuidar también a quien cuida
La ponencia también abordó una realidad imprescindible: el desgaste del cuidador. Acompañar a una persona al final de la vida puede ser física y emocionalmente agotador. Muchas personas cuidadoras sienten culpa, cansancio, irritabilidad o incluso pensamientos difíciles, como desear que el sufrimiento termine cuanto antes.
Fue muy clara al normalizar este desgaste: el cuidador también es humano y necesita apoyo. Si quien cuida no duerme, no come bien, no va al médico, no descansa y no recibe ayuda emocional, tarde o temprano también se rompe.
Cuidar al cuidador no es un lujo. Es parte del cuidado de la persona enferma. Por eso, es importante activar redes de apoyo, repartir tareas, pedir ayuda concreta a familiares, buscar acompañamiento emocional y reconocer los propios límites sin culpa.
Conclusión: que nadie muera sintiéndose solo
Acompañar al final de la vida no consiste solo en reconocer los cambios del cuerpo. También implica escuchar las necesidades del corazón, cuidar la dignidad, sostener los vínculos y abrir espacio para el amor, el perdón, la gratitud y la despedida.
La muerte marca un final físico, pero no necesariamente borra lo vivido. Acompañar bien puede ser un regalo para quien se va y también para quienes se quedan.
Desde AEPSIS, espacios como el Congreso Internacional de Duelo permiten hablar de aquello que muchas veces evitamos, pero que forma parte de la vida: el morir, el cuidar, el despedirse y el acompañar. Porque cuando hay presencia, respeto y humanidad, el final de la vida puede vivirse con menos soledad y más dignidad.
Si una familia está atravesando una enfermedad avanzada o el final de vida de un ser querido, puede ser importante buscar orientación médica, psicológica o tanatológica especializada. Pedir ayuda no significa rendirse; muchas veces significa cuidar mejor.

