La salud mental de niños y adolescentes ya no puede esperar
La salud mental de niños, niñas y adolescentes ha dejado de ser un asunto secundario. Ya no hablamos solo de casos aislados, ni de “rachas difíciles”, ni de una preocupación que pueda quedar en segundo plano. Hablamos de una realidad que atraviesa hogares, aulas, consultas, redes sociales y espacios de convivencia.
La presidenta de UNICEF España, María Ángeles Espinosa, ha puesto recientemente el foco en esta cuestión al señalar que la salud mental se ha convertido en uno de los grandes retos sociales de nuestra época, especialmente en la infancia y la adolescencia. Durante el I Foro “Crecer con bienestar: salud mental en la infancia y la adolescencia”, celebrado en Toledo, se pidió abordar este desafío con soluciones valientes, sostenidas y ambiciosas.
Y quizá esa sea una de las claves: entender que el bienestar emocional de los más jóvenes no puede depender únicamente de la buena voluntad de familias, centros educativos o profesionales aislados. Necesita escucha, prevención, recursos y compromiso social.
Un malestar que muchas veces no se cuenta
Uno de los datos más llamativos compartidos en este encuentro es que cuatro de cada diez adolescentes afirman haber tenido algún problema de salud mental en el último año. Pero hay una parte todavía más silenciosa: uno de cada tres no se lo ha contado a nadie.
Ese silencio importa. Porque muchas veces el sufrimiento adolescente no aparece como una frase clara: “necesito ayuda”. A veces se manifiesta en cambios de humor, aislamiento, irritabilidad, bajo rendimiento, dificultad para dormir, pérdida de interés o una sensación de cansancio constante.
En casa, puede parecer que “está raro”. En clase, puede interpretarse como desmotivación. En redes, puede quedar oculto detrás de una imagen aparentemente normal. Y, sin embargo, detrás puede haber ansiedad, tristeza, angustia, estrés o una dificultad profunda para gestionar lo que se está viviendo.
Esto no significa que todo malestar sea un trastorno psicológico. La infancia y la adolescencia también implican cambios, conflictos, inseguridades y procesos de adaptación. Pero sí significa que debemos aprender a mirar mejor, escuchar más y no minimizar señales que se repiten o que generan sufrimiento.
No todo problema emocional tiene que hacerse más grande
Uno de los mensajes más importantes de este debate es la necesidad de prevenir. Según recoge Europa Press, María Ángeles Espinosa recordó que muchos malestares emocionales no tienen por qué derivar en problemas de salud mental si se abordan a tiempo.
Esto es fundamental. La prevención no consiste en alarmarse ante cualquier emoción difícil, sino en crear entornos donde niños, niñas y adolescentes puedan hablar, pedir ayuda y aprender recursos para afrontar lo que sienten.
Por ejemplo, un adolescente que se siente desbordado por los exámenes no siempre necesita una intervención clínica. Pero sí puede necesitar que alguien le ayude a organizarse, a descansar, a expresar su miedo al fracaso o a relativizar una presión que vive como insoportable.
Una niña que se muestra más irritable tras un cambio familiar quizá no está “portándose mal”, sino intentando gestionar algo que todavía no sabe poner en palabras. Un joven que pasa horas encerrado puede necesitar límites, sí, pero también conversación, presencia y comprensión.
La prevención empieza mucho antes de la consulta. Empieza en cómo hablamos de las emociones, en si dejamos espacio para la vulnerabilidad, en si los adultos sabemos preguntar sin invadir y acompañar sin juzgar.
La adolescencia también ocurre en el mundo digital
Hoy no se puede hablar de salud mental adolescente sin hablar del entorno digital. La presidenta de UNICEF España recordó que la transformación digital ha cambiado profundamente los contextos en los que niños, niñas y adolescentes juegan, crecen y se desarrollan. También señaló que, aunque el entorno digital ofrece oportunidades, es necesario educar en un uso adecuado y seguro.
Esto no significa demonizar las pantallas. Para muchos jóvenes, internet también es un espacio de aprendizaje, creatividad, pertenencia y conexión. El problema aparece cuando el mundo digital se convierte en una fuente constante de comparación, presión, exposición o desconexión del propio cuerpo y de los vínculos cercanos.
Un adolescente puede estar físicamente en su habitación, pero emocionalmente atrapado en una cadena interminable de estímulos: notificaciones, vídeos, mensajes, expectativas, comentarios, imágenes y comparaciones. Y todo eso influye en cómo se percibe, cómo descansa, cómo se relaciona y cómo interpreta su lugar en el mundo.
Por eso, hablar de tecnología no debería reducirse a “quitar el móvil”. También implica enseñar criterio, acompañar el uso, hablar de privacidad, descanso, autoestima, límites y seguridad emocional.
La salud mental necesita recursos, no solo preocupación
Otro punto clave del artículo es el acceso a la atención psicológica. Según se señaló en el foro, en España hay aproximadamente seis psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes, una cifra considerada insuficiente ante la demanda creciente.
Este dato ayuda a comprender por qué muchas familias sienten que llegan tarde, que no saben dónde acudir o que tienen que esperar demasiado para recibir apoyo. La salud mental no puede sostenerse solo con discursos de sensibilización si después no existen recursos suficientes, accesibles y bien coordinados.
La infancia y la adolescencia necesitan respuestas desde distintos lugares: la familia, la escuela, la sanidad, los servicios sociales, las instituciones y la sociedad en su conjunto. No basta con decir que los jóvenes deben hablar más de lo que sienten. También hay que garantizar que, cuando lo hagan, encuentren adultos preparados para escuchar y sistemas capaces de responder.
Conclusión: escuchar antes de que el silencio pese demasiado
La salud mental de niños, niñas y adolescentes no es una moda ni una exageración. Es una realidad que pide atención, cuidado y responsabilidad compartida.
No se trata de patologizar cada emoción difícil, sino de entender que el malestar emocional necesita espacios seguros. Que la tristeza, la ansiedad, el estrés o la angustia no deberían vivirse en soledad. Que pedir ayuda no debería ser un privilegio. Y que prevenir siempre será más humano que esperar a que el sufrimiento se haga insoportable.
Desde AEPSIS, creemos en la importancia de seguir generando conversación, formación y conciencia sobre la salud mental. Hablar de infancia y adolescencia es hablar del presente, no solo del futuro. Y cuidar el bienestar emocional de quienes están creciendo es una tarea que nos implica a todos: familias, profesionales, educadores, instituciones y comunidad.
Cuando un niño, una niña o un adolescente muestra señales de malestar persistente, buscar orientación profesional puede ser un paso importante. No para etiquetar, sino para comprender mejor lo que ocurre y acompañar de una forma más segura, respetuosa y humana.

