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Reír no es olvidar: reconstruirse después del duelo

2 jul 2026 · 12:14👁 8 visitas
Reír no es olvidar: reconstruirse después del duelo

Reír no es olvidar: reconstruirse después del duelo


Tiempo de lectura aproximado: 6 minutos

Hay una pregunta que muchas personas se hacen después de una pérdida significativa, aunque no siempre se atrevan a decirla en voz alta: ¿cómo sigo viviendo después de esto?

Puede aparecer tras la muerte de una persona querida, después de un diagnóstico, una ruptura, la pérdida de la salud, del trabajo, de la autonomía o de un proyecto de vida que se rompe sin permiso. A veces llega con claridad. Otras veces se esconde detrás del cansancio, del silencio, de la tristeza o de una sensación profunda de desorientación.

En el Congreso Internacional de Duelo organizado por AEPSIS, Carla Calvi dedicó su ponencia a una idea tan delicada como necesaria: reconstruirse después de una pérdida. Pero no desde la prisa, ni desde la exigencia de “superar”, ni desde la obligación de volver a ser quien se era antes. Su mirada invitó a comprender el duelo como un proceso íntimo en el que la persona aprende, poco a poco, a vivir con una realidad que no eligió.

Reconstruirse no es olvidar

Uno de los mensajes centrales de la ponencia fue claro: reconstruirse no significa olvidar. Tampoco significa dejar de amar, cerrar rápido una etapa, pasar página o borrar lo ocurrido como si la pérdida no hubiese existido.

En el duelo, reconstruirse tiene más que ver con aprender a integrar. Es encontrar una forma posible de vivir con lo que pasó, con lo que falta y con lo que todavía duele. No se trata de negar la ausencia, sino de hacerle un lugar distinto dentro de la propia historia.

Carla lo expresó con una frase especialmente potente: “El duelo no consiste en borrar la pérdida, consiste en encontrar una forma posible de vivir con ella”.

Esta idea es importante porque muchas personas en duelo sienten culpa cuando empiezan a estar un poco mejor. Culpa por reír, por hacer planes, por disfrutar de un momento de calma o por sentir que el dolor, durante un rato, ocupa menos espacio. Sin embargo, vivir no significa traicionar. Reír no significa olvidar. Seguir adelante no significa dejar de amar.

El amor no se mide por la cantidad de sufrimiento. Y el recuerdo no necesita estar unido siempre al dolor para ser verdadero.

La pérdida también cambia la identidad

Cuando una pérdida atraviesa profundamente a una persona, no solo se pierde a alguien o algo importante. También puede cambiar la forma de estar en el mundo.

Cambian las rutinas, los silencios, los espacios de la casa, los proyectos, las conversaciones, las fechas importantes y, muchas veces, también cambia la manera en la que la persona se mira a sí misma.

Por eso, Carla planteó otra pregunta fundamental: “¿quién soy ahora después de esto?”.

Quien pierde a su pareja puede preguntarse quién es sin esa compañía cotidiana. Quien pierde a un hijo puede sentir que el mundo entero ha perdido su orden. Quien pierde a su madre o a su padre puede sentir que algo de su raíz se ha movido. Quien pierde salud, autonomía, trabajo o un futuro imaginado también puede experimentar una profunda desorganización interna.

El duelo no es solo tristeza. También puede ser confusión, ruptura de referencias, miedo, culpa, enfado, cansancio y una sensación de no reconocerse del todo en la vida que queda después.

Por eso, acompañar un duelo no es únicamente acompañar el llanto. Es acompañar a alguien que está intentando reconocerse en una vida que cambió.

La memoria como puente, no como cárcel

Otro de los grandes ejes de la ponencia fue la memoria. Recordar puede doler. Una foto, una canción, una comida, una habitación, una prenda de ropa, un perfume o una fecha pueden abrir de golpe una emoción intensa.

Al principio, muchos recuerdos queman. Desordenan. Rompen. Pero con el tiempo, algunas memorias pueden empezar a transformarse. Una persona puede pasar de no poder mirar una fotografía a necesitar tenerla cerca. Puede pasar de evitar una historia a poder contarla. Puede sentir que el recuerdo, en lugar de romperla siempre, empieza también a acompañarla.

Carla lo resumió de una forma muy bella: “La memoria no tiene que ser una cárcel, puede convertirse en un puente”.

Ese puente une lo vivido con lo que todavía puede construirse. Une el amor que fue con el amor que sigue de otra manera. Une la historia compartida con la vida que continúa.

No todas las personas necesitan recordar del mismo modo. Para alguien, tener fotos a la vista puede ser reparador. Para otra persona, puede ser demasiado pronto. Alguien puede necesitar hablar todos los días de quien murió. Otra persona puede necesitar silencio durante un tiempo. No hay una única forma correcta de recordar.

Lo importante es no imponer. No exigir que alguien guarde todo ni que lo quite todo. No obligar a hablar ni obligar a callar. El duelo necesita respeto, y la memoria también.

El vínculo no siempre termina: se transforma

Durante mucho tiempo se ha hablado del duelo como un proceso de soltar, dejar ir, despedirse o cerrar. A algunas personas esas palabras pueden ayudarles, pero para otras pueden sentirse duras, lejanas o incluso violentas.

Carla planteó una pregunta muy profunda: quizá la cuestión no sea cómo soltar, sino cómo transformar el vínculo.

Cuando alguien muere, la presencia física ya no está. No está el abrazo, la voz cotidiana, la conversación de todos los días. Pero eso no significa que el vínculo desaparezca por completo. Puede continuar en los valores recibidos, en los aprendizajes, en una forma de cocinar, en una frase que se repite, en una decisión que honra esa historia o en una manera de vivir que fue sembrada por ese amor.

Una familia puede seguir nombrando a quien murió sin quedarse detenida en la muerte. Un hijo puede hablar de su padre o de su madre sin que eso signifique que no acepta la pérdida. Una persona puede seguir amando a su pareja fallecida y, con el tiempo, reconstruir su vida.

Se trata de encontrar una manera sana de llevar con nosotros lo amado: una manera que no impida vivir, pero que tampoco obligue a borrar.

Rituales y sentido: dar forma al dolor

La ponencia también destacó el papel de los rituales. Un ritual no elimina la ausencia ni resuelve mágicamente el duelo, pero puede darle forma al dolor. Y cuando el dolor encuentra una forma, a veces se vuelve un poco más habitable.

Un ritual puede ser algo sencillo: prender una vela, escribir una carta, visitar un lugar, escuchar una canción, cuidar una planta, hacer una donación, continuar un proyecto o reservar un momento para recordar.

También habló de la importancia de reconstruir sentido, pero con mucho cuidado. Porque hablar de sentido después de una pérdida puede llevar a frases que, aunque se digan con buena intención, lastiman: “todo pasa por algo”, “esto vino a enseñarte algo”, “tienes que encontrarle el lado positivo”.

Hay pérdidas que no tienen una explicación justa. Hay dolores que no se compensan con una enseñanza. Reconstruir sentido no significa justificar lo ocurrido ni agradecer el sufrimiento. Significa algo más humilde: poder nombrar lo vivido, reconocer el amor que existió, aceptar que la vida cambió, volver a cuidarse y permitir que aparezcan pequeños gestos hacia la vida.

A veces el sentido no aparece como una gran respuesta. A veces aparece como levantarse, pedir ayuda, caminar diez minutos, descansar, comer algo rico, llorar, respirar o aceptar una invitación.

Acompañar sin apurar

Carla dedicó una parte importante de su intervención a quienes acompañan a una persona en duelo. Muchas veces, frente al dolor ajeno, aparece la urgencia de decir algo, de aliviar, de encontrar la frase perfecta. Pero acompañar no siempre significa hablar mucho.

A veces significa estar. Estar sin invadir. Escuchar sin corregir. Acompañar sin apurar. Validar sin comparar. Sostener sin exigir.

Frases como “tienes que ser fuerte”, “ya pasó mucho tiempo”, “tienes que soltar” o “él/ella no querría verte así” pueden cerrar el diálogo y hacer que la persona sienta que está duelando mal. En cambio, preguntas sencillas como “¿qué necesitas hoy?” o “¿cómo puedo ayudarte hoy?” pueden abrir un espacio más humano.

También recordó algo muy importante: el duelo no termina cuando termina el funeral, la ceremonia o los primeros meses. Muchas veces, al principio hay mucha presencia, pero después cada persona vuelve a su vida y quien está en duelo empieza a sentir con más fuerza la ausencia.

Acompañar también es llamar después, escribir después, nombrar después y no dar por terminado el dolor porque ya pasó un tiempo socialmente esperado.

Conclusión: seguir viviendo con lo amado

Reconstruirse después de una pérdida no es volver intactos. No es olvidar. No es dejar de amar. No es borrar la historia ni cerrar a la fuerza lo que aún necesita tiempo.

Reconstruirse es aprender a vivir con la pérdida integrada, con la memoria viva, con el vínculo transformado y con la posibilidad, poco a poco, de recuperar sentido.

Desde AEPSIS, espacios como el Congreso Internacional de Duelo permiten abrir conversaciones necesarias sobre el dolor, la memoria, la ausencia y las diferentes formas de seguir viviendo después de una pérdida. Porque hablar de duelo no es quedarse en el sufrimiento: es reconocer que hay heridas que necesitan tiempo, respeto, palabras y compañía.

Si el duelo se vuelve especialmente intenso, bloqueante o difícil de sostener en soledad, puede ser importante buscar apoyo profesional. Pedir ayuda no significa olvidar ni avanzar más rápido; significa darse un espacio seguro para transitar el camino con más cuidado.

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